Yo te cantaba al oído
y tú reías, jacarandosa.
Yo te decía: bonita
pones mi alma de color rosa.
No sé muy bien si creías
con ansiedad lo que te decía
o sólo bebías mis palabras
por tener algo que contarte sola.
Una roja caperuza, así le decían,
corría y corría sola, por el sendero del bosque,
el lobo, que era muy bueno siendo lobo,
se adentró en sus pensamientos más profundos
y dedujo, como buen lobo,
que la maldad innata en la criatura
la haría hacer de todo lo que las criaturas malas hacen;
razón o no, el lobo tenía un plan
y, como casi todos los que un plan tienen,
logro acercarse a la pequeña
que era fuego, de verdad, muy apasionada.
Si el cuento termina mal
no me echen a mí la culpa
yo no puse las pasiones ni en el lobo, ni en la niña,
cada quien según lo suyo,
cada quien, claro que sí,
deja ir sus emociones y sentimientos
y sensaciones
y se permite hacer, decir, dejarse hacer.
Yo no soy, yo no fui,
bueno, es que ni siquiera estaba ahí.
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