El mundo se cae alrededor. El agua se acaba. La inseguridad nos rodea. Se me rompió una uña hoy al intentar tocar el Gran Vals Brillante de Chopin. ¿Y qué, se acabará todo por eso?
Estamos bien. Sólo que nos habíamos acostumbrado a la comodidad de la comida diaria, el retorno a casa y el sueldo seguro. Llegamos a pensar que la vida estaba asegurada, nuestras casas, nuestra salud, la señal del interné. Pero resulta que no es así, hemos sabido que la única certeza es la muerte y nuestro entorno cultural se ha dedicado a negarlo, exaltando la juventud, la belleza, la riqueza y el poder como la única forma de vivir feliz y pleno.
La verdad es que nos aterra la vida, sus cambios, su permanencia a pesar de todo. La verdad es que no dejamos de ser el hombre en la caverna que vive de ilusiones y sombras. La verdad es que no hemos madurado.
Queremos estandarizar la vida, como si para todos la democracia, el cristianismo, la heterosexualidad y el café descafeinado fueran la felicidad. Queremos que todos crean y quieran lo que creemos y queremos. Por eso inventamos las luchas.
Hay luchas que llamamos trabajo, luchas que llamamos cruzadas, luchas que llamamos discusiones, luchas que llamamos guerra. Y todo lo justificamos en nombre de la ley, la justicia, dios, la razón, el desarrollo de la raza humana. Decía mi abuela y repito yo, 'Cuando un hombre quiere pelear, siempre encuentra un motivo.' Y estoy de acuerdo en luchar.
La paz y el amor requieren de una lucha constante contra la naturaleza salvaje del hombre -y de la mujer, no se sientan excluídas- una pelea conciente y decidida por ser mejor y crear un mejor ambiente para convivir. Que no sea deseable para todos provoca una lucha, al menos interior. Que no todos crean en dios provoca una lucha. Que no todos... etcétera.
Por eso, hoy, dedico mi oración a quienes deciden crear la paz y hacer el amor.
Amado padre celestial, te agradezco la diversidad del universo y de la mente humana, esa que alcanza la conciencia de sí misma y de tu mano invisible, esa que espera sin cuestionar ni dudar. Te agradezco, padre, que tu ley sea generosa y sabia, que se aplique con rigor a los que la conocen. Te agradezco que sé que eres mi padre y puedo levantar la frente con orgullo porque sé que provengo de ti. Te agradezco porque eres uno y sólo creaste a uno de cada uno de nosotros, así aprendemos a reconocernos como iguales en la diversidad, en la unicidad, en ti.
Te pido que nos ayudes a recordar nuestra fraternidad, sobre todo cuando nuestra humana debilidad nos ciega a tu amor, a tu sabiduría y a la misericordia, en nombre de Jesús, el Cristo. Amén.
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