Tal vez no lo recuerdes, pero hace días que estuvimos juntos. Hace unas horas, tu abrazo se confundía en el mío, tú respiras junto a mí y yo olía tu cabello, rodeando cada respiración con pensamientos carnales y de otros tipos.
Dormíamos como duermen los amantes, exhaustos, plenos, dichosos. No había más en el pensamiento que la imagen del otro. No había más en el pensamiento que la lúcida imagen de tu piel almibarada.
Tu mirada, que era tuya entonces, se cerraba en las sensaciones del abrazo. Mi mirada, que era mía entonces, se cernía sobre ti, como un ojo divino que intenta adivinar la razón de esa sonrisa satisfecha, la caricia detrás de ese gesto que revela... que se rebela a la razón y se muestra, con dicha, como una flor que inevitablemente se abre al principio de la primavera.
Es inevitable. El mundo podría caerse a pedazos y mi única desesperación sería ver, una última vez, esa sonrisa tuya. Es inevitable: te amo.
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