Cada año se actualiza la maldición veraniega del calor, del sudor y del cambio de horario. De pronto todo parece circular más lento, pues la somnolencia nos hace presa de sus efectos para dejarnos sin fuerza, sin ánimos, sin alientos, diría mi má.
Pues este domingo se dió el cambio al estado catatónico en que la mayoría de los mexicanos regresamos a las labores cotidianas, después de un fin de semana largo en que las manifestaciones religiosas nos llenaron de esperanza en el futuro, a pesar del presente que nos rodea.
Porque resulta que la vida no siempre es golpes y desastres, caídas y dolor. Somos susceptibles de alcanzar mucho más en todos los terrenos. Cierto que el ambiente está cargado de una negatividad inmensa, sin embargo, basta buscar la opinión de un niño, preguntarle cómo la ve ¿vamos a salir bien de ésta?. Seguramente su respuesta será tajante y definitiva, los niños no se complican la existencia con cuestiones de ética, legalidad y política, sus decisiones son justicieras, llenas de valores y moralmente correctas:
Para la inseguridad, más policías.
Para detener la violencia, respetar.
Para evitar el narcotráfico, estar juntos y cuidar que no compren más.
Sus respuestas son la maravilla de la obviedad y el buen juicio, lamentablemente la racionalidad que aplicamos a la realidad la llenamos de presunción, reserva, malicia, presupuestos, política y otras ficciones que detienen cualquier buen proyecto que se pudiera plantear.
Esto ya es demasiado, el cambio de horario me afecta.
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