Vivo,
respirando y sonriendo,
dando amor a sonrisas y abrazos,
con generosidad, sin detenerme.
Vivo,
comiendo y saboreando,
dejando que me llene la sensación
del sabor nuevo y el conocido.
Vivo,
reflejando al mundo lo que el mundo me da,
queriendo ser perfecto para mis seres perfectos
y amable para quienes amo.
Los demás, me apena decir,
no me son tan importantes.
Vivo.
El pan francés espolvoreado con azúcar,
el café, el tenedor y el cuchillo
por un momento se convierten en un universo.
Al final del desayuno, soy otro.
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