Es cierto eso que dicen, que uno es el último que se entera de los desenlaces o los nudos en la propia historia, porque no se quieren ver o porque uno anda pajareando, muy atento, a otros lados. Con esto anuncio lo que ya se sabía, pero que no me había dado la precaución de notar: las cosas no son como antes, están como siempre.
Son las 2:45 en la mañana del domingo, estoy cansado y muy triste. Realmente triste. Vengo de trabajar en un evento, una boda, en la que los novios disfrutaron de lo lindo del ambiente que se creó entre los invitados y nosotros. Aunque estuve muy atento a lo que estábamos haciendo y por momentos me animaba, no dejé de sentir este peso en el pecho que nada me quita. No es el primer día, ni la primera noche. Debería estar descansando y acá me tengo, pensando, escribiendo, dejando esta pequeña huella.
Lo que me gustó del día de hoy es que nevó... de veras, nevó, plumas grandes y pequeñas, chorros de nieve qué recoger de la calle, de la carrocería del coche. Mis perros andaban felices y se acurrucaban el uno junto a la otra para darse calor. El señor de la cafetería donde suelo comer me dijo: "En Chihuahua tenemos uno de los climas más estables del mundo" "A dió, dije yo, si nunca se sabe cómo va a estar, un día hace un frío quemador, al otro día hace un calorón infernal" "Por eso, me contestó, siempre está de la chingada" No crean que le entendí.
Bien. Me voy a descansar los ojitos y dejar mis pensamientos de lado, ya veremos qué se resuelve durante la noche.
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